Era Enero, frio, el que más me congeló los huesos desde que
lo recuerdo, los magos ya pasaron y las luces del árbol de navidad, ya casi
todas fundidas, se retiraron hasta otro Diciembre, quitamos las guirnaldas, y a
mí solo me decoraba tu cuerpo.
Nos conocimos en octubre, pocos días después de mi
cumpleaños, que sorpresa, que casualidad, estabas sentada en un parque muy
cerca de mi casa, sola, tan fría como el hielo más puro, me acerqué y me
miraste, tus lagrimas hacían una carrera para llevas a tu boca, que listas, pensé
y tal era el frio que hacía que parecían cristales tintados por el rímel, de un
negro azabache con tonos de azul marino, no dijiste nada que recuerde, solo te
ofrecí mi sudadera y un trozo de tela pulcra, para llevarme tus lagrimas de
recuerdo.
Sinceramente, escribo esto a posteriori, para no hacerte
daño en el momento y vivo hoy por ti, porque mi vida te la llevaste en aquel
encuentro, solo sonreírme, y haberte pintado un bonito arco hacia abajo
enseñando tu dentadura, esa risa fue la ladrona de mis actos, así que, me di la
vuelta, comencé a caminar en dirección contraria, tu limpiándote los últimos rastro
de maquillaje de tus sonrosadas mejillas, solo te mire por última vez, solo una
vez más y viendo que tus ojos llenos de bondad y un remolino de cariño, me consumían
me di la vuelta y de hace dos meses hasta hoy no volví a verte más.
Cuando un día por casualidades de la vida, por el destino,
te encontré de nuevo allí, tan sola como antes, pero en vez de con lagrimas, tu
rostro mostraba inquietud, impaciencia, esperanza, me acerque, en silencio, y
sacando mi trozo de tela perfectamente doblado se encontraban dos rastros de
maquillaje oscuro, inhale su olor dulce, de frutas, y te toque el hombro, me miraste
y el primer segundo te quedaste paralizada, como si al que estuvieras esperando
fuese a mí.
-Solo decirte que eres la mujer más bonita que he visto
nunca- Dije en voz baja, como sin querer que te enteraras.
Seguías mirándome sin decir nada y solo con esa sonrisa, esa
la que me dejo impactado el primer día.
-¿Sabes? No te conozco y realmente puede que no te conozca, quizás
nunca te conoceré, pero no tengo palabras.
Le enseñe ese trocito de tela, ese que me daba
esperanza a volverte a ver,
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