Ella hablando con la boca llena, se notaba un toque rojo en sus dientes del carmín que hacian lucir sus labios.
Lógico era una patosa pero inexorablemente era mi patosa, mi payasa, la que daba oscuridad a mis dias con sus ingles y alumbraban mis noches con los besos en su portal.
Me estaba diciendo no sé que de un color dorado, mas me miraba sabiendo que no la estaba escuchando pues sus ojos castaños me habian secuestrado de nuevo, puso su cara de forzar el enfado, yo saqué la pluma plateada del bolsillo del vaquero y le escribí en una servilleta trazando lentamente:
"No te escucho por no escucharte pero es que tus palabras son de ti lo que menos me dicen."
Puso su cara de aguantarse la sonrisa cómplice y sorbio de la pajita del vaso de cartón, apuró la comida en cinco o seis bocados y me miró sin mediar palabra, sacó una botella de rón de su mochila y una manta celeste claro, arrastró la pluma por la mesa hasta apropiarsela en su mano diestra y escribió en otra servilleta: "Si mis palabras no te hablan solo podemos hablar con caricias y saliva además quiero que me recites poemas."
Pagué en pocos minutos y salimos del establecimiento, ella con su mirada de pasión me señaló la playa y echó a correr, yo fui trás ella, persiguiendo la luna, esa noche era nuestra.
jueves, 11 de abril de 2013
Persiguiendo a Elvira.
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